Clara Campoamor Rodríguez – HOMENAJE A UNA MUJER SABIA

Clara Campoamor nació en Madrid, treat el 12 de febrero de 1888 y murió en Lausana (Suiza), el 30 de abril de 1972.
Es la política española que defendió hasta el final, y contra amigos y enemigos los derechos de la mujer en España y en concreto la que consiguió por fin, no sin fuertes presiones, que pudieran votar por pimera vez en 1933. Con la guerra se exilió, primero a París, luego a Buenos Aires y más tarde a Suiza, donde finalmente murió a causa de un cáncer. Sus restos mortales fueron trasladados algunos años después de su muerte al cementerio de Polloe en Donostia /San Sebastián (Gipuzkoa), y se conservan en el panteón de la familia Monsó Riu por ser Clara Campoamor madrina de dicha familia.
Mi homenaje es este discurso que en 1931 dijo en el Congreso español, tratando el tema de si las mujeres podían o debían votar o no, que debía aparecer en la nueva Constitución que se estaba creando ese año tras el triunfo de la II República. Merece la pena ser leído en todas las escuelas, esto es historia de la buena y esta es una persona política de 10:
(recordemos que había solo 3 diputadas y que la otra diputada importante republicana (Victoria Kent) defendía que había que dar el voto, sí, pero primero había que educar social y políticamente a las mujeres porque estaban totalmente abducidas por la sumisión de siglos y por la Iglesia católica derechista y si de repente votaban todas las mujeres, la mayoría irían a votar a los `partidos católicos de derechas)
“Poneos de acuerdo Señores, antes de definir de una vez a favor de quién va a votar la mujer; pero no condicionéis su voto con la esperanza de que lo emita a favor vuestro. Ése no es el principio. Pero además pónganse de acuerdo los que dicen que votará con la derecha; pónganse de acuerdo los que dicen que votará con la izquierda; pónganse de acuerdo los que dicen que votará con el marido, y pónganse de acuerdo los que dicen que llevará la perturbación a los hogares.
Señores, como ha dicho hace mucho tiempo Stuart Mill, la desgracia de la mujer es que no ha sido juzgada nunca por normas propias, tiene que ser siempre juzgada por normas varoniles, mientras no entre abiertamente por el camino del Derecho y cuando llega a última instancia, todavía tiene que ser juzgada por su definidor. Dejad que la mujer se manifieste como es, para conocerla y para juzgarla; respetad su derecho como ser humano; pensad que una Constitución es también una transacción entre las tradiciones políticas de un país y el derecho constituyente, y si el derecho constituyente, como norma jurídica de los pueblos civilizados, cada día se aproxima más al concepto de la libertad, no nos invoquéis el trasnochado principio aristotélico de la desigualdad de los seres desiguales; todavía no nos habéis demostrado que podéis definir la desigualdad, porque con esa teoría se llegó en los tiempos a decir que había hombres libres y hombres esclavos.
Recordad, además la afirmación de Hegel cuando dice que toda la Historia es un devenir hacia la conciencia liberal y cuando nos dice también que Oriente, marcando los estadios, supo que era libre uno, que Grecia y Roma supieron que lo eran unos pocos, pero que sólo nosotros sabemos que lo somos todos. El hombre específicamente es libre, y en un principio democrático no puede ser establecida una escala de derechos, ni una escala de intereses, ni una escala de actuaciones. Dejad, además a la mujer que actúe en Derecho, que será la única forma que se eduque en él, fueren cuales fueren los tropiezos y vacilaciones que en principio tuviere. (…)
Sólo voy a haceros un pequeño recuerdo. Esta historia de la lucha de los sexos es tan vieja como el mundo. Mi espíritu se regocijaba días pasados cuando por pura casualidad caía en mis manos una demostración de que no estamos discutiendo no hoy ni hace años, nada nuevo. Es aquella vieja leyenda hebraica del Talmud que nos dice que no fue Eva la primera mujer de Adán, que la primera mujer dada a Adán fue Lilita, (ver http://ibasque.com/lilith-mujer-entera-1/ y http://ibasque.com/el-lenguaje-simbolico-de-lilith-la-primera-mujer-y2/ ) que se resistió a acatar la voluntad exclusiva del varón y prefirió volver a la nada, a los alvéolos de la tierra; y entonces en la esplendidez del Paraíso, surgió Eva, astuta y dócil para la sumisión de la carne y el espíritu.
De las diecisiete constituciones dadas después de la guerra, tan solo Rumania, Yugoslavia, Grecia y Turquía niegan o aplazan el voto de la mujer; todas las demás lo reconocen (…). Pero, además, y para terminar, hay algo que me importa mucho más en esto. Yo hago un distingo preciso entre mi sentimiento ciudadano y el sentimiento de sexo, ambos potentes y poderosos, pero el primero acaso más. Yo pienso y me enorgullezco de que, en España, cuando tantas veces hemos rechazado el falso patriotismo, hoy reconocemos, cuando el patriotismo se asienta en nuestra verdad y no en las ficciones de enfrente, cómo sentimos la Patria y cómo la amamos. Yo me he regocijado pensando en que esta Constitución será, por su época y por su espíritu, la mejor, hasta ahora, de las que existen en el mundo civilizado, la más libre, la más avanzada, y he pensado también en ella como en aquel Decreto del Gobierno provisional que a los quince días de venir la República hizo más justicia a la mujer que veinte años de Monarquía. Pienso que es el primer país latino en que el derecho a la mujer va a ser reconocido, en que puede levantarse en una Cámara latina la voz de una mujer, una voz modesta como ella, pero que nos quiere traer las auras de la verdad, y me enorgullezco con la idea de que sea mi España la que alce esta bandera de liberación de la mujer, la que diga a los países latinos, a los únicos que se resisten, acaso por ese atavismo católico de que hablaba antes; que diga a los países latinos cuál es el rumbo que debe seguir la latinidad, que no es algo ajeno no extraño a todos los demás países. Y yo digo, señores legisladores: no dejad que ese airón latino caiga en el barro o en el polvo de la indiferencia, no dejéis que sea otra nación latina la que pueda poner a la cabeza de su Constitución, en días próximos, la liberación de la mujer, vuestra compañera.”

Otro extracto de su intervención del día 29 de septiembre 1931 en el debate sobre el artículo 23 de la Constitución:
“Se trata, simplemente, de subsanar un olvido en que, sin duda, se ha incurrido al redactar el párrafo primero de este artículo. Se dice en él que no podrán ser fundamento de privilegio jurídico el nacimiento, la clase social, la riqueza, las ideas políticas y las creencias religiosas. Sólo por un olvido se ha podido omitir en este párrafo el que tampoco será fundamento de privilegio el sexo. He aquí lo que queríamos salvar los firmantes de este voto particular; y a la vez, puesto que se declara que no es motivo de privilegio ninguna de estas distinciones, ni la más fundamental, que es la del sexo, se pide la supresión del párrafo segundo, ya innecesario, en el que se declara que se reconoce «en principio» la igualdad de derechos de los dos sexos.
Como estos principios pueden tener luego unos desarrollos y unas interpretaciones que no respondan en absoluto al pensamiento que los motivó, y como en realidad no se comprende que a estas alturas y en estos momentos democráticos en que elaboramos nuestra Constitución, se pueda decir que se reconoce sólo «en principio» la igualdad de derechos de los dos sexos, a ello se debe que hayamos presentado este voto particular. No creo que haya necesidad de más justificación; pero si el voto fuera atacado lo defendería esta firmante. (…) Para contestar a la señorita Kent y decirle que «en principio» también, como dice el párrafo segundo, hubieran estado justificados sus recelos, que han sido los míos, porque, en efecto, la frase «en principio» en el segundo párrafo de este artículo era una trinchera. Yo he pensado en ella, he pensado en este artículo precisamente cuando en las horas de ayer atravesaba el desfiladero de Pancorbo y me decía que acaso como en él y desde arriba, en la Constitución, se nos pudiera boicotear, se pudiera apedrear a este pobre sexo nuestro, hasta ahora tan alejado de los deberes y de los derechos públicos y jurídicos; se nos pudiera asaetar perfectamente desde allí, a base de esta declaración de «en principio» aplicada a la igualdad de los sexos. Pero desde el momento en que se modifica el párrafo primero y se dice que no podrá ser fundamento de privilegio jurídico el sexo, hubiera sido una redundancia de redacción el mantener el segundo párrafo borrando aquella incógnita de «en principio» tan aguda y tan amenazadora para las posibilidades de la mujer. Yo ruego a la Srta. Kent que se dé cuenta de que en la enmienda admitida en esta Comisión está recogido todo su anhelo, todo su espíritu, todo su deseo, que ha sido el nuestro, que ha sido el mío, en el cual permítaseme decir que no hay tanto de la idea de feminismo como de la idea de humanismo, como de la idea de ciudadanía, como del deseo de cooperar al restablecimiento de este régimen que se han dado, que nos hemos dado todos los españoles, pero al cual ha contribuido en tantas formas y aspectos la mujer en estas luchas por la República. Lo he recordado ya en otra ocasión; he recordado aquella frase del maestro Unamuno, cuando nos hablaba precisamente de las mujeres del Norte, de aquéllas que he visto yo más entusiastas en los días tenebrosos de Diciembre, de aquéllas que fueron las primeras en acudir a visitar a los presos en las cárceles, en dar ejemplo y quitar –perdonadme que lo diga– el apunte de cobardía que había en los hombres por acercarse a aquellos muros. A esas mujeres se refería el maestro Unamuno en una ocasión cuando nos decía, hablándonos de su compañera, que pasaba por la vida apoyada en el hombro del varón, con un gesto que no se podía saber si era que los sostenían o lo empujaban. Por estas inquietudes, pensando en cuánto ha colaborado la mujer al régimen, fue por lo que mi espíritu se elevó enseguida aterrado y despierto en las discusiones de la Comisión.
Extracto de su intervención del día 1 de octubre 1931 en el debate sobre el artículo 34 de la Constitución:
“Señores Diputados, yo lamento vivamente tener que levantarme en estos momentos a pronunciar unas brevísimas palabras. Se está haciendo una Constitución de tipo democrático, por un pueblo que tiene escrito como lema principal, en lo que yo llamo el arco de triunfo de su República, el respeto profundo a los principios democráticos. Yo no sé, ni puedo, ni debo, ni quiero, explanar que no es posible sentar el principio de que se han de conceder los derechos si han de ser conformes con lo que nosotros deseamos, y previendo la contingencia de que pudiese no ser así, revocarlos el día de mañana. Eso no es democrático. En otras partes, digo yo, a título de radical, en otras partes está el peligro del cura y de la reacción; no en la mujer. Señores Diputados, yo hablo en nombre de una convicción y recuerdo que, allá lejos, en la Historia, Breno echa su espada en la balanza para aumentar el precio del rescate, y yo, como prueba de mi convicción, quisiera echar en la balanza la cabeza y el corazón. Yo no creo, no puedo creer que la mujer sea un peligro para la República, porque yo he visto a la mujer reaccionar frente a la Dictadura y con la República. Lo que pudiera ser un peligro es que la mujer pensara que la Dictadura la quiso atraer y que la República la rechaza; ése sería el peligro; porque aunque lo que la Dictadura le concedió fue la igualdad en la nada, como me he complacido yo siempre en decir, lo cierto es que dentro de su sistema absurdo e ilegal, llamaba a la mujer a unos pretendidos derechos y cuando la mujer, al advenimiento de la República, asistió al hombre en la forma que lo hizo (…) Señores Diputados, como entiendo que ésta es una convicción que está muy firme, muy clara en el espíritu de todos, que nada se va a lograr con palabras y que va a resolverlo por último una votación, me limito a decir lo siguiente: La enmienda que acaba de presentarse es, en primer lugar, una forma de engañarnos nosotros mismos; porque hurtar el problema a estas Cortes, para que una ley posterior o las Cortes futuras lo resuelvan, es una falta de decisión en las Cortes Constituyentes de la Nación, es, si me permitís, una debilidad en la resolución. Resolved lo que queráis, pero afrontando la responsabilidad de dar entrada a esa mitad de género humano en la política, para que la política sea cosa de dos, porque sólo hay una cosa que hace un sexo solo: alumbrar; las demás las hacemos todos en común, y no podéis venir aquí vosotros a legislar, a votar impuestos, a dictar deberes, a legislar sobre la raza humana, sobre la mujer y sobre el hijo, aislados, fuera de nosotras. El Dr. Juarros tenía mucha razón cuando decía que nosotras aquí no representamos la voluntad femenina; somos una creación, casi puede decirse que seríamos una ficción, con la cual tratabais de cohonestar vuestra timidez para compartir con la mujer vuestros derechos y vuestro pudor de mostrarnos ante el mundo con algún adelanto; casi podría decirse que nosotras, mujeres, deberíamos negarnos a aceptar el derecho pasivo si no concedéis a nuestras hermanas el derecho activo, porque no debemos prestarnos a contribuir a esta farsa. Una mujer, dos mujeres, ¿qué hacen en un Parlamento de 465 Diputados? Dar una nota de color, prestarse a una broma, es decir, contribuir a que rija ese falso principio de la igualdad de los sexos, ése que como verdadero habéis votado ayer, Señores Diputados. Nos habéis dicho que no habrá desigualdad en los sexos, nos habéis dicho que el sexo no es un privilegio; pues bien, Sres. Diputados, al votar una Constitución democrática, después de haber afirmado que todos los españoles son iguales, que no hay privilegios de sexo, ¿os atrevéis ahora a que vaya este problema a otras Cortes más decididas que las actuales? Hacedlo, pero habréis echado en el hemiciclo en jirones y destrozadas la lógica y la equidad. (…) Ruego a la Cámara que me perdone; pero que tenga en cuenta que, en estos momentos, por razones no sólo femeninas, sino ciudadanas, tengo mi alma en tortura.
He aquí mis últimas palabras en la discusión de hoy. Yo quiero llamar la atención de la minoría que apoya esta enmienda y que si se dice: tenemos miedo a la mujer y queremos llevar a una Ley electoral la concesión de su voto, para quitárselo después si no nos ha complacido su modo de ejercerlo, se afirma una enormidad. Al decir eso, se engaña a la Cámara porque no se podrá nunca despojar del derecho electoral a un ciudadano. Eso no podrá hacerse jamás. Y en cuanto al argumento que se esgrimía ha poco por el representante de la minoría radical socialista, fijaos en que, si habéis afirmado ayer la igualdad de derechos, lo que pretendéis ahora es una igualdad condicional, con lo que no hay tal igualdad. Si habéis votado la igualdad, no podéis mantener la condición. Eso es una cosa ilógica. ¿Dónde empieza la igualdad entonces, Señores Diputados? ¿Cuando a SS.SS les plazca? ¿Cuando SS.SS quieran? Eso es lo mismo que si SS. dijera que teniendo dos hijos de su sangre, naturalmente iguales, uno de ellos empezaría a instruirse a los veinte años por capricho de SS. Para terminar, Sres. Diputados, no deis una lección de ilogicidad al votar en contra de lo que votasteis ayer en la Cámara. Los sexos son iguales, lo son por naturaleza, por derecho y por intelecto; pero además, lo son porque ayer lo declarasteis. Si queréis hoy, rebotaos; pero pido votación nominal. (…)
Señores Diputados, lejos yo de censurar ni de atacar las manifestaciones de mi colega, Srta. Kent; comprendo, por el contrario, la tortura de su espíritu al haberse visto hoy en trance de negar la capacidad inicial de la mujer; al verse en trance de negar, como ha negado, la capacidad inicial de la mujer. Creo que por su pensamiento ha debido pasar, en alguna forma, la amarga frase de Anatole France, cuando nos habla de aquellos socialistas que, forzados por la necesidad, iban al Parlamento a legislar contra los suyos. Respecto a la serie de afirmaciones que se han hecho esta tarde contra el voto de la mujer, he de decir, con toda la cordialidad necesaria, que no están apoyadas en la realidad. Tomemos al azar algunas de ellas. Que ¿cuándo las mujeres se han levantado para protestar de la guerra de Marruecos? Primero: ¿y por qué no los hombres? Segundo: ¿quién protestó y se levantó en Zaragoza cuando la guerra de Cuba más que las mujeres? ¿Quién nutrió la manifestación pro responsabilidades del Ateneo, con motivo del desastre de Annual, más que las mujeres, que iban en mayor número que los hombres? ¡Las mujeres! ¿Cómo puede decirse que cuando las mujeres den señales de vida por la República se les concederá como premio el derecho a votar? ¿Es que no han luchado las mujeres por la República? ¿Es que al hablar con elogio de las mujeres obreras y de las mujeres universitarias no se está cantando su capacidad? Además, al hablar de las mujeres obreras y universitarias, ¿se va a ignorar a todas las que no pertenecen ni a una clase ni a otra? ¿No sufren éstas como las otras las consecuencias de la legislación? ¿No pagan los impuestos para sostener al Estado en la misma forma que las otras y que los varones? ¿No refluye sobre ellas toda la consecuencia de la legislación que aquí se elabora para los dos sexos, pero solamente dirigida y matizada por uno? ¿Cómo puede decirse que la mujer no ha luchado y que necesita una época, largos años de República para demostrar su capacidad? Y ¿por qué no los hombres? ¿Por qué el hombre, al advenimiento de la República, ha de tener sus derechos y ha de ponerse un lazatero a los de la mujer? Pero, además, Señores Diputados, los que votasteis por la República, y a quienes os votaron los republicanos, meditad un momento y decid si habéis votado solos, si os votaron sólo los hombres. ¿Ha estado ausente el voto de la mujer? Pues entonces, si afirmáis que la mujer no influye para nada en la vida política del hombre, estáis –fijaos bien– afirmando su personalidad, afirmando la resistencia a acataros. ¿Y es en nombre de esa personalidad, que con vuestra repulsa reconocéis y declaráis, por lo que cerráis las puertas a la mujer en materia electoral? ¿Es que tenéis derechos a hacer eso? No; tenéis el derecho que os ha dado la ley, la ley que hicisteis vosotros, pero no tenéis el derecho natural, el derecho fundamental, que se basa en el respeto a todo ser humano y lo que hacéis es detentar un Poder; dejad que la mujer se manifieste y veréis cómo ese Poder no podéis seguir detentándolo.
¿Es que no les remuerde la conciencia a ninguno de los Diputados republicanos presentes de haber pasado a la Historia en fotografías llevando el palio en una procesión. Pues no hablemos de esas cosas, porque lo que aquí importa es el principio (el Sr. Pérez Madrigal: lo que importa es la República). Ése es el principio. A mí, Sr. Pérez Madrigal, la República me importa tanto, por lo menos –y digo por lo menos, por consideración respetuosa– que a su SS y precisamente porque la República me importa tanto, entiendo que sería un gravísimo error político apartar a la mujer del derecho de voto (Sr. Pérez Madrigal: la restauración es lo mismo que conceder el voto a la mujer). Está equivocado Su Señoría; cuanto SS afirma en ese sentido es una hipótesis… y frente a esa hipótesis yo tengo la mía: la de la conciencia, la de la fe, la del fervor; no tiene derecho SS, en nombre de esa hipótesis, a cerrar el paso a más de la mitad de la raza española. Yo ruego a la Cámara que me escuche en silencio; no es con agresiones y no es con ironías como vais a vencer mi fortaleza; la única cosa que yo tengo aquí ante vosotros, Sres. Diputados, que merezca la consideración y acaso la emulación es precisamente defender un derecho a que me obliga mi naturaleza y mi fe, con tesón y con firmeza. No quisiera recoger interrupciones para no alargar la discusión; pero, puesto que he oído en el aire que «dentro de un año» ¿es que creéis que dentro de un año la mujer sí iba a estar capacitada? ¿Es que creéis que para esa época vais a conquistar su ideología? ¿Pues por qué no empezáis la cruzada rápidamente, para conquistarla antes? ¿Es que para vencer esa naturaleza acaso necesitáis el plazo de un año? Se lanzaba ayer desde esos bancos el nombre de la telefonista de Eyerbe, diciendo que se convirtió en espía; frente a ésos cito como símbolo el de otra mujer, el de Mariana de Pineda. Pero vengamos a la pura esfera de los principios. He de comenzar por decir, Sres. Diputados, que mi situación especial en la Cámara, precisamente, es un poco la de Saturno, la de devorar mis argumentos; yo no quisiera que sobre la Cámara se sintiera la pesadumbre de la mujer. De aquí que, en vez de extenderme en refutar por menudo, como podría hacer, los argumentos vertidos, haya de concretarme, precisamente por temor a cansaros, a remitirme a lo que ayer os dije. Me encuentro en esa posición en que nosotros los abogados hemos visto tantas veces al delincuente en el banquillo de los acusados: le sobran, acaso, razones, argumentos para contrarrestar las acusaciones; pero solo frente a todos, tal vez cree que debe congraciarse un poco con el silencio y su timidez vence a su natural obligación de defensa. Por eso he de limitar mi intervención en la tarde de hoy. No se trata aquí esta cuestión desde el punto de vista del principio, que harto claro está y en vuestras conciencias repercute, que es un problema de ética, de pura ética, reconocer a la mujer, ser humano, todos sus derechos, porque ya desde Fichte, en 1796, se ha aceptado, en principio también, el postulado de que sólo aquél que no considere a la mujer un ser humano es capaz de afirmar que todos los derechos del hombre y del ciudadano no deben ser los mismos para la mujer que para el hombre. Y en el Parlamento francés, en 1848, Víctor Cousideraut se levantó para decir que una Constitución que concede el voto al mendigo, al doméstico y al analfabeto –que en España existe– no puede negárselo a la mujer. No es desde el punto de vista del principio, es desde el temor que aquí se ha expuesto, fuera del ámbito del principio –cosa dolorosa para un abogado– como se puede venir a discutir el derecho de la mujer a que le sea reconocido en la Constitución el de sufragio. Y desde el punto de vista práctico, utilitario ¿de qué acusáis a la mujer? ¿Es de ignorancia? Pues yo no puedo, por enojosas que sean las estadísticas, dejar de referirme a un estudio del Sr. Luzuriaga acerca del analfabetismo en España. Hace él un estudio cíclico desde 1868 hasta 1910, nada más, porque las estadísticas van muy lentamente y no hay en España otras. ¿Y sabéis lo que dice esa estadística? Pues dice que tomando los números globales en el ciclo de 1868 a 1910 se observa que mientras el número total de analfabetos varones, lejos de disminuir ha aumentado en 73.082, el de la mujer ha disminuido en 48.098; y refiriéndose a la proporcionalidad del analfabetismo en la población global, la disminución de los varones es sólo de 12,7 %, en tanto que en las hembras es de 20,2. Esto quiere decir simplemente, agrega el autor, que la disminución del analfabetismo es más rápida en las mujeres que en los hombres y que de continuar ese proceso de disminución en los dos sexos, no sólo llegarán a alcanzar las mujeres el grado de cultura elemental de los hombres, sino que lo sobrepasarán. Eso en 1910. Y desde 1910 ha seguido la curva ascendente y la mujer, hoy día, es menos analfabeta que el varón. No es, pues, desde el punto de vista de la ignorancia desde el que se puede negar a la mujer la obtención de este derecho. Otra cosa, además, al varón que ha de votar. No olvidéis que no sois hijos de varón tan sólo, sino que se reúne en vosotros el producto de los dos sexos. En ausencia mía y leyendo el Diario de Sesiones, puedo ver en él que un doctor hablaba aquí de que no había ecuación posible y con espíritu heredado de Moebius y Aristóteles declaraba la incapacidad de la mujer. A eso, un solo argumento: aunque no queráis y si por acaso admitís la incapacidad femenina, votáis con la mitad de vuestro ser incapaz. Yo y todas las mujeres a quienes represento queremos votar con nuestra mitad capaz masculina, porque no hay degeneración de sexos, porque todos somos hijos de hombre y de mujer y recibimos por igual las dos partes de nuestro ser. Este principio lo oía yo explicar con clarividencia magnifica al insigne maestro Unamuno refiriéndose a una discusión con Doña Emilia Pardo Bazán, discusión en que ésta se hallaba atenazada con el argumento de la incapacidad heredada, y al fin él le dio la salida en este magnifico argumento que luego han desarrollado los biólogos. Somos producto de dos seres; no hay incapacidad posible de vosotros a mí ni de mí a vosotros. Desconocer esto es negar la realidad evidente. Negadlo si queréis; sois libres de ello, pero sólo en virtud de un derecho que habéis (perdonadme la palabra, que digo sólo por su claridad y no con espíritu agresivo) detentado, porque os disteis a vosotros mismos las leyes; pero no porque tengáis un derecho natural para poner al margen de la mujer. Yo, Señores Diputados, me siento ciudadana antes que mujer, y considero que sería un profundo error político dejar a la mujer al margen de ese derecho, a la mujer que espera y confía en vosotros; a la mujer que, como ocurrió con otras fuerzas nuevas en la Revolución francesa, será indiscutiblemente una nueva fuerza que se incorpora al Derecho y no hay sino que empujarla a que siga su camino. No dejéis a la mujer que, si es regresiva, piense que su esperanza estuvo en la Dictadura; no dejéis a la mujer que piense, si es avanzada, que su esperanza de igualdad está en el comunismo. No cometáis, Señores Diputados, ese error político de graví- simas consecuencias. Salváis a la República, ayudáis a la República atrayéndoos y sumándoos esa fuerza que espera ansiosa el momento de su redención. Cada uno habla a virtud de una experiencia y yo os hablo en nombre de la mía propia. Yo soy Diputado por la provincia de Madrid; la he recorrido, no sólo en cumplimiento de mi deber, sino por cariño y muchas veces, siempre, he visto que a los actos públicos acudía una concurrencia femenina muy superior a la masculina y he visto en los ojos de esas mujeres la esperanza de redención, he visto el deseo de ayudar a la República, he visto la pasión y la emoción que ponen en sus ideales. La mujer española espera hoy de la República la redención suya y la redención del hijo. No cometáis un error histórico que no tendréis nunca bastante tiempo para llorar; que no tendréis nunca bastante tiempo para llorar al dejar al margen de la República a la mujer, que representa una fuerza nueva, una fuerza joven; que ha sido simpatía y apoyo para los hombres que estaban en las cárceles; que ha sufrido en muchos casos como vosotros mismos y que está anhelante, aplicándose a sí misma la frase de Humboldt, de que la única manera de madurarse para el ejercicio de la libertad y de hacerla accesible a todos es caminar dentro de ella. Señores Diputados, he pronunciado mis últimas palabras en este debate. Perdonadme si os molesté, considerando que es mi convicción la que habla; que hablo como republicana, pero como republicana que ante un ideal lo defendería hasta la muerte; que pondría, como dije ayer, la cabeza y el corazón en el platillo de la balanza, de igual modo que Breno colocó su espada para que se inclinara a favor del voto de la mujer, y que además sigo pensando, y no por vanidad, sino por íntima convicción, que nadie como yo sirve en estos momentos a la República española”.
Para quien quiera saber más, recomiendo este librillo de Paloma Durán y Lalaguna, de donde he sacado estos textos, que publica la Asamblea de Madrid: “El Voto femenino en España”, 2007.

Publicado por

Pais Vasco - Juan

Juan Luis, Juanlas, Juan, Jon Koldo, Ibán…pero todos Yo Mismo.

One thought on “Clara Campoamor Rodríguez – HOMENAJE A UNA MUJER SABIA”

Ongi etorri, bienvenido/a!