El opio del pueblo.

El opio de la colmena….
La religión, proclamó Karl Marx, es el opio del pueblo. Mediante promesas seductoras sobre un paraíso sobrenatural al que viajan las almas buenas después de la muerte, reyes, papas y toda clase de tiranos han logrado mantener a raya a sus explotados súbditos durante siglos.

Aunque el marxismo ya no esté de moda, me parece innegable que esta famosa sentencia del Manifiesto Comunista refleja un aspecto clave del animal humano que puede observarse continuamente a lo largo de la Historia: los engaños y las manipulaciones a las que recurren los poderosos para mantener su trono a toda costa y evitar rebeliones que amenacen su autoridad.

Paradójicamente, como ha señalado el gran sociólogo francés Edgar Morin, en la Unión Soviética y otros Estados que adoptaron la ideología marxista, el opio de la religión fue sustituido por otra visión mitológica que ayudó a sostener los privilegios del Partido o Gran Timonel de turno: la promesa utópica del supuesto paraíso comunista del futuro, el “cielo sobre la Tierra” donde todos los “camaradas” serían felices y comerían perdices.

Hace unos años, tuve el privilegio de entrevistar a Umberto Eco. En aquel momento, millones de personas estaban hipnotizadas por el Mundial de Fútbol que estaba celebrándose en Italia, y le pregunté al gran semiólogo qué opinaba del impresionante impacto social de este deporte en todo el planeta. Su respuesta fue contundente y me dio el titular de la entrevista: “El fútbol se ha convertido hoy en el opio del pueblo”.

Para Eco, el fútbol (y podríamos añadir también la telebasura) es una variante moderna del pan y circo de los romanos, o del soma, la droga que utilizaban los poderosos para mantener contenta a la población en el Mundo Feliz de Aldous Huxley. Desde esta óptica, parece un hecho antropológico que en todas las sociedades del Homo sapiens existen distracciones colectivas que sirven para dejar anestesiadala sociedad, de tal manera que casi nadie cuestiona la desigualdad y la injusticia que abunda por todas partes.

Todo esto puede resultar deprimente, pero quizás sirva de consuelo descubrir que no somos la única especie en la que los poderosos embaucan a sus subordinados para mantenerse en la poltrona. Según acaba de revelar una investigación pionera publicada en Science, las abejas reinas utilizan un cóctel químico que literalmente droga a sus obreras y garantiza su lealtad a la monarca de la colmena.

La doctora Alison Mercer y sus colaboradores de la Universidad de Otago, en Nueva Zelanda, han comprobado que este perfume embriagador impide que las abejas obreras puedan asociar a la reina con estímulos negativos (como, por ejemplo, el olor desagradable que a veces emana la jefa debido a la alta concentración de feromonas que desprende).

Este mecanismo es tan eficaz que si las obreras recibían una dosis de este poderoso soma que sin duda hubiera fascinado a Huxley, los científicos comprobaron que ni siquiera eran capaces de relacionar el olor de la reina con unas dolorosas descargas eléctricas que les provocaban para averiguar hasta dónde podía llegar su lealtad a la monarca.

Si Hitler, Stalin o Pol Pot hubieran podido tener acceso a este opio del que dispone la reina de las abejas, se hubieran frotado las manos ante semejante herramienta de opresión social. Quizás las artimañas del poder en las colmenas humanas tengan raíces evolutivas más profundas de lo que creíamos.
(no sé el autor, que me disculpe pero es buen artículo y quería ponerlo)

Publicado por

Pais Vasco - Juan

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