Me llamo Fernando Marías, y soy machista

Estaba un poco hartito ya de las declaraciones de los políticos así que he encontrado este artículo bonito

Este artículo, inspirado por el Día Internacional contra la violencia de género que se celebra hoy, podría tener dos comienzos: uno real, extraído de mis recuerdos de juventud, y otro de ficción, extraído de una famosa película. Cada uno de ellos contiene una idea esencial para definir mi concepción del maltrato, que es, nada menos, la gran asignatura pendiente que debe superar nuestra sociedad para poder considerarse con pleno derecho igualitaria, progresista, moderna, solidaria y, en definitiva, verdaderamente democrática.

Empiezo por el principio sacado de la realidad: Bilbao, primavera de 1972 ó 1973. Tenía yo alrededor de catorce o quince años y estudiaba sexto de bachillerato en el colegio Santiago Apóstol. En aquel curso nos daba clase de matemáticas un religioso frío y hermético llamado hermano Estanislao; probablemente algunos lectores de mi generación recordarán su sotana negra, impecable como si estuviera empeñado en que el luto por sí mismo que Estanislao parecía guardar estuviese siempre perfectamente planchado, y sus rígidas maneras, que se contagiaban a su indescifrable forma de explicarnos los logaritmos neperianos. Estanislao era una roca viviente, un robot perfecto, un témpano inflexible, y jamás expresó en público el más mínimo sentimiento… hasta este día. Era la víspera de un puente relativamente largo, y en aquellas ocasiones siempre bullía entre los alumnos una euforia que lograba imponerse sobre la sólida disciplina colegial; incluso Estanislao, asombrosamente, trató de unirse a la alegría generalizada con un vago asomo de camaradería viril en la inaudita sonrisa. Alguien, en el bullicio, alardeó de que ese fin de semana estaba citado con una chica, y de inmediato fue saludado con una algarabía de silbidos admirativos o soeces que le sonrojaron. Estanislao, entonces, quiso hacerse el gracioso, tal vez para lograr el objetivo imposible de resultarnos simpático y majo, y tras pedir silencio dijo en tono jocoso:

-¿Bah, una chica…! Si a una vaca le levantas el rabo es lo mismo que una mujer.

Estalló en el acto un silencio brutal. A todos se nos congeló la alegría en las venas, y la falsa sonrisa se borró de los labios de Estanislao. Me quedé estupefacto. Este hombre, del que dependía una porción importante de nuestra educación, recurría a tan repugnantes palabras para referirse a las mujeres, que para mí eran entonces los seres más infinitamente tiernos, enigmáticos, hermosos, interesantes y deseables sobre la tierra. Volví a casa lleno de desasosiego y desconcierto, y nunca, en los treinta años siguientes, he logrado que se me borrara aquel momento vivido en el hoy desaparecido Santiago Apóstol. Tal vez porque no he querido olvidarlo, ya que creo que resume con precisión irrefutable la inmunda educación machista que, alentada e impulsada por el franquismo, se irradiaba a la sociedad desde todos los centros de enseñanza pública y privada. Sin las mujeres nada sería como es, sin las mujeres nada sería nada, sin las mujeres el mundo sería un mar de hielo y todos estaríamos muertos antes de haber llegado a existir; y sin embargo lúgubres cuervos disfrazados de maestros bondadosos nos manipularon soterradamente para que las despreciáramos y las consideráramos inferiores, para que sintiéramos que teníamos sobre ellas derechos infundados y delirantes; para que, además de todo, las temiéramos y hasta las odiáramos.

Nos educaron para ser hombres machistas. Y lograron que lo fuéramos y en muchos casos lo sigamos siendo. E incluso las educaron a ellas, víctimas principales de la conspiración, para ser mujeres machistas. Y lograron que lo fueran y en muchos casos lo sigan siendo. Hay muchos hombres machistas pero, pasmosamente, también hay algunas mujeres machistas.

Esta palabra, educación, es la primera que deseo subrayar, aunque en este caso se trate de mala educación, de educación nefasta, de manipulación concebida para impedirnos crecer como personas, de educación malvada y malsana que se hallaba y se halla en la base del problema del maltrato. En consecuencia, me parece obvio que una educación adecuada, aplicada a las nuevas generaciones para que abominen de la idea de que una persona maltrate a la persona o personas que conviven con ella, es el arma más efectiva contra el maltrato, que necesariamente antes ha sido machismo (aunque, por supuesto, ser machista no es lo mismo que ser maltratador).

Soy machista, como casi todos los hombres de mi generación. Me educaron para serlo y lo consiguieron, y por ello milito radicalmente, sin misericordia, día a día, para detectar dentro de mí aquellos viejos vestigios de machismo -que todavía perviven, dispuestos a manifestarse en el momento más inesperado-, y tratar de erradicarlos. ¿Una aportación mínima y tal vez escasamente útil a la tragedia del maltrato? Puede, pero en todo caso me resulta irrenunciable. Porque tras mucho tiempo y muchos errores cometidos -y también el afán resuelto de enmendarlos- he aprendido que aún más infinitamente tiernas, enigmáticas, hermosas, interesantes y deseables que las mujeres a secas son las mujeres libres, ésas que dichosamente proliferan cada vez más a pesar de los innumerables obstáculos; ésas que inicialmente nos asustan, pero que también podrían hacernos crecer como hombres hasta límites insospechados.

Por ellas, además de por mí, pronuncio sin miedo la frase que da título a este artículo.

(Esto es un resumen de un artículo de Fernando Marias que podeis ver completo en El Correo digital de 25-11-2006)

Publicado por

Pais Vasco - Juan

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