Armas de mujer o la maldad de los hombres

Transcribía el siempre interesante Do Bemol (que por cierto, animo a seguir escribiendo en su página, que la tiene muy abandonada) en el blog de hombres por la igualdad de Gasteiz un artículo de Vicente Carrión Arregui (profesor de filosofía) publicado el 19 de enero en El Correo y que me ha parecido muy interesante porque es una de esas discusiones sanas  en las que algunas veces terminan diálogos con mis compañeras más feministas tradicionales. Lo transcribo entero porque, aunque largo, merece la pena leer. Salud. ¿Qué opináis?

La maldad de los hombres:
Coincido con Andrés Montero Gómez (ver su artículo ‘Igualdad machista’, EL CORREO 25-11-07) en que las actitudes y comportamientos sociales referidos a la desigualdad de sexos no se cambian sólo a fuerza de leyes, por necesarias que éstas sean. Hace falta algo más para socavar el modelo de masculinidad dominante grabado en nuestra genética y transmitido intergeneracionalmente. Y añade: «Los hombres nacen y crecen con códigos mentales implantados desde la tierna infancia que les hacen creer que tienen derecho a exigir que las mujeres se comporten de una determinada manera, y a corregir las desviaciones que detecten en ese comportamiento normativo. La norma es masculina». Y es este añadido, el contenido de estas líneas entrecomilladas, el que me hace pensar en la incondicionalidad con que el pensamiento políticamente correcto condena al varón y exculpa a la mujer en todos los avatares de una guerra de sexos que nunca suavizará sus daños mientras aparentemos tener tan claro quién es el bueno y el malo.

No voy a precipitarme a explicar lo mucho que me repugna el machismo tradicional. Prefiero remitirme al conocido libro de Goleman ‘La inteligencia emocional’ para esquinar las explicaciones en términos de bondad o maldad a favor de las evolutivas. Es lo que entiendo cuando dice: «Nos vemos obligados a afrontar los retos que nos presenta el mundo postmoderno con recursos emocionales adaptados a las necesidades del Pleistoceno», después de explicar cómo «nuestros circuitos emocionales básicos no llevan cincuenta sino cincuenta mil generaciones demostrando su eficacia» (pgs 24-25). No nos remitamos, por tanto, a la Edad Media sino expliquemos nuestros modos de ser como el resultado de un proceso evolutivo millonario en años en el que ni el reparto de roles domésticos ni la propensión al uso de la violencia han sido opciones caprichosas, fruto de la voluntad de poder masculina, sino inexcusables recursos biológicos para haber llegado hasta aquí. Más allá de los tecnicismos, en mis clases de Bachillerato intento explicar la evolución humana aludiendo a la prolongada lactancia materna, al contraste recolector-cazador (del que algunos antropólogos aseguran que aún pervive en nuestro comportamiento cuando vamos de compras: él caza, ella merodea) o a las implicaciones de la carencia de anticonceptivos, porque estoy convencido de que la mirada evolutiva es más ecuánime que la moral a la hora de entender el arraigo de los roles sexistas. Mal que le pese al sistema límbico, muchos prefieren minusvalorar la fisiología a favor de las ideas socialmente ‘correctas’.

Claro que ya no nos pasamos varios días persiguiendo al mamut mientras nuestra señora amamanta a la prole, por lo que parece perder sentido buena parte de la dotación fisiológica que nos constituye, pero no deberíamos ser considerados culpables por ello. Aunque nuestro sistema hormonal no se haya enterado de los cambios que nuestra acelerada evolución cultural ha introducido en lo que se refiere a nuevos roles laborales, domésticos y conyugales, es obligación de nuestro neocórtex el someter a la bestia reptiliana que llevamos dentro. Es un imperativo cultural inexcusable educar la brutalidad masculina para desterrar la tentación de la violencia, pero el hecho mismo de que se propague entre jóvenes que no pertenecen a la generación del machismo puro y duro avalaría la tesis de que la agresividad de los hombres es la cara mala de una función evolutiva que tiene un arraigo mucho más profundo que la tierna infancia individual a que se aludía al principio de este artículo. La cara buena sería que gracias a la brutalidad masculina hemos sobrevivido como especie, algo que tampoco es baladí.

Parafrasearé a Marx para parapetarme en un clásico: la agresividad masculina habría pasado de ser un factor de desarrollo evolutivo a convertirse en una traba para ese mismo desarrollo. O por decirlo de otro modo: la maldad masculina que hoy se presenta como un antojo cultural inoculado educativamente, como un mero abuso de poder, tiene una configuración fisiológica forjada en millones de años de lucha, protección, trabajo y otras barbaridades que posibilitaron el éxito de la especie. Ni defender ni justificar, entender. Ni buenos ni malos, hombres y mujeres.

Insisto en estas obviedades evolutivas porque estoy harto de que la execrable violencia masculina sea coartada para que los medios de comunicación propaguen una visión maniquea en la que el hombre siempre es el malo, como si debiera avergonzarse de su condición, algo que ya ha sugerido más de una opinadora de esta misma casa. Y no. Por evidentes que sean muchas de las discriminaciones, desigualdades y abusos que padecen las mujeres, ello no les da patente para tener siempre razón. Un lector atento a las secciones de ‘Cartas al director’ habrá reparado en el goteo de desesperaciones masculinas que recogen como si, desde que el entramado institucional ha asumido la defensa incondicional de la mujer, especialmente en lo referido a custodias y separaciones, para bastantes varones ya no quedara otro cauce de expresión que la pataleta mediática en menos de quince líneas.

Cualquiera que conozca en primera persona los vaivenes de la vida familiar, sobre todo cuando hay hijos, sabe lo difícil que es compaginar el discurso cultural de la igualdad -esa pretensión de simetría conductual por la que se habla con toda naturalidad de, por ejemplo, la lactancia paterna- con el de los instintos y sentimientos naturales que dan prioridad a los vínculos maternofiliales en caso de conflicto conyugal. Y en ese doble juego de exigir un comportamiento igualitario en las obligaciones al tiempo que se invocan derechos naturales preferentes, me reconocerán que muchas mujeres no sólo no son víctimas ni parte pasiva, sino auténticas expertas en salirse con la suya merced a su atávico dominio de las habilidades emocionales, que no brutales. Histórico reparto de roles, nuevamente, que sólo en algunos aspectos deseamos superar.

¿Y qué decir de nuestros tan diversos modos de vivir la sexualidad? ¿También tendrán que ver con que en su día nos vistieran de rosa o de azul? ¿Proclamarán alguna ley que establezca los modos correctos de reconducir el deseo? Es un tema difícil pero hasta la neurología más recalcitrante reconoce la imposibilidad de homologarnos en la cama. Al matrimonio, ese contrato sexual, suele llegarse con una expectativa de felicidad amorosa que pocas veces se corresponde con el rosario de desajustes, arritmias, incompatibilidades, decepciones, rechazos y fingimientos que provoca la naturaleza sexual tan distinta que nos caracteriza a unos y a otras. Dificultades insoslayables que tal vez se afrontarían mejor si nuestro sistema educativo, mal que les pese a los obispos, diera la importancia debida a una educación afectivo-sexual que nos alerte respecto a la dimensión complementaria de la vida en pareja y nos prepare para perseguir una felicidad más basada en la capacidad de superar los malentendidos que en la gazmoñería adolescente del enamoramiento perpetuo. Porque me atrevo a pensar que la violencia masculina tiene mucho que ver con la ingenuidad y la prepotencia con las que abordamos la vida en pareja.

No tengo dudas de que los hombres somos bruscos y primarios pero, sin abusar de la comparación con la mantis -ya saben, ese precioso animal cuya hembra gusta de devorar al varón después de la cópula-, habría mucho que decir sobre la manera en que las mujeres manejan el deseo de los hombres para alcanzar objetivos que a veces les excluyen, sea en la propia familia o en otros ámbitos. Armas de mujer, decía la película, ante cuya sutileza conviene quitarse el sombrero, pero cuyo reconocimiento conlleva eliminar tanto buenismo y tanto victimismo del que a veces hacen gala quienes, por mor de cabalgar en la dirección que parecen marcar los tiempos, tienden a considerar que toda mujer, por el mero hecho de serlo, ha de estar cargada de razón. Nanay. No tengo dudas respecto a quién es más bruto -por ello me dolería que se interpretaran estas líneas como justificación de una violencia inaceptable bajo ningún concepto-, pero sí respecto a quién es capaz de jugar más sucio. La naturaleza es sabia y tiende a compensar en unos ámbitos las carencias que se producen en otros. Sólo saldremos del callejón de los prejuicios cuando la defensa de los derechos de la mujer no se haga a expensas de ese creciente número de hombres que salen escaldados de sus aventuras igualitarias.

Publicado por

Pais Vasco - Juan

Juan Luis, Juanlas, Juan, Jon Koldo, Ibán...pero todos Yo Mismo.

4 comentarios en “Armas de mujer o la maldad de los hombres”

  1. Ecuaciones…., será que por eso, claro. Las matemáticas son tan difíciles….
    No obstante la resignación no solo es estructural o conjunta o comunitaria, también es particular…. y la resignación del “macho” a ser muy macho y de la “hembra” a aceptarlo y tratar de engañarse con “armas de mujer” es algo que está muy consolidado todavía. Y luego está la resignación personal, la que se toma por falta de coraje,por no enfrentarse,por ser lo más fácil, es la resignación de las personas ante sí mismas o ante sus amigos o sus parejas o sus familias. Y esta afecta por igual a hombres y mujeres, y no solo en aspectos de igualitarismo como este.

  2. La resignación es eso que nos detiene en la evolución precisamente ¿no?
    Yo me quedo con una cosa que se entiende entre líneas, y más conociendo al autor: las mujeres han evolucionado adaptándose a esa “supremacía” violenta del hombre utilizando “armas de mujer”. La cuestión, lo que genera desconfianza, es que el susodicho determine que esa evolución es válida y que por ello los hombres no son culpables. Ni los hombres son todos culpables, ni todas las mujeres se han adaptado a esa evolución sarcástica que dice. Son otros tiempos y ni uno ni lo otro es válido. Nuevas masculinidades y nuevas femeneidades se necesitan.

  3. Está escaldado, no hay duda. Es demasiado denso y habría que dedicarse varias horas para poderlo contestar en condiciones. Pero rezuma una especie de resignación cristiana, pero a lo evolutivo. No se puede hacer nada porque somos el resultado de millones de años de sabia evolución, y por eso los hombres son violentos y las mujeres rastreras, porque esa era la manera de preservar la especie cuando había que cazar mamuts. Aparte de que probablemente la solución evolutiva en la que vivimos no sea la única posible, sino la que a la larga se ha impuesto sobre las demás, y no por razones puramente evolutivas (ha habido culturas en que los repartos de género eran distintos y que funcionaban muy bien, pero que han sido elimiadas, como tantas otras por tantas otras razones), ¿quién nos dice que no sea la propia y sacrosanta evolución la que nos marca ahora un nuevo cambio que nos permita adaptarnos a una nuevas condiciones? Porque la evolución implica cambios, algunos son erróneos y se pierden, otros aciertan y duran algo más, o permanecen. No sé, me parece que habla de la evolución como quien antes hablaba de Dios y de sus mandatos, algo a lo que tenemos que resignarnos, y así no se puede ir nunca a ninguna parte.

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