La familia elástica

Un nuevo capítulo e esta serie sobre la familia tradicional y no tanto:

La familia tradicional ha sufrido un cataclismo y hoy se habla de hogares

JULIÁN MÉNDEZ / BILBAO. El Correo

«Una familia es el lugar donde el amor hace magia». La frase tiene la fuerza de un conjuro, como sacada de un cuento. Y así es. La pronuncia la protagonista de ‘Ana y los patos’, un relato que presenta a una niña adoptada por una pareja de lesbianas. En pleno siglo XXI, las familias son una suerte de armario donde caben parejas corrientes y molientes con su red de tíos, primos y demás familia, uniones homosexuales más o menos estables, padres divorciados que tratan de seguir la vida con nuevas parejas a las que aportan los hijos de anteriores relaciones y conciben nuevos planes y nuevos hijos; hogares desmembrados y esperanzados por la emigración; familias de un solo miembro por viudedad, vocación o soltería forzada; parejas multirraciales, longevas, numerosas, compuestas, recompuestas y hasta descompuestas…. «Con cariño sirve cualquier fórmula», señala Nati de la Puerta, responsable de la editorial vasca A Fortiori, empeñada en reformular con lenguaje infantil y tizas de colores todos esos nuevos formatos de hogar.

«La familia es nuestro lugar en el mundo; el sitio a donde podemos regresar cuando las cosas no van bien. Allí se nos recibe siempre con los brazos abiertos porque nos quieren y nos lo dicen», asegura el ilustrador Bernardo Elrich. En la última obra de esta editorial, ‘El mar a rayas’, se expresa cómo una separación matrimonial es, en muchas ocasiones, la decisión mejor y más sabia para todos. Precisamente la llegada del divorcio a la sociedad española ha sido uno de los factores que más ha contribuido al nuevo diseño familiar en España, como subrayan los expertos. Desde que se aprobó la ley, en junio de 1981, se han registrado cerca de dos millones de rupturas afectivas. En 2005, las estadísticas recogen ya 72.848 divorcios y 64.028 separaciones.

Solteros, separados

Este gran cambio social empieza a desarrollarse, apunta el sociólogo de la UPV César Manzanos, a mediados de los 80. La crisis de la sociedad industrial desemboca en la transformación del modelo familiar imperante (una pareja con 3 ó 4 hijos y con amplias redes familiares). En la sociedad postmoderna, empleada en el sector servicios, y donde las expectativas de encontrar trabajo se reducen, la cantidad de hijos desciende (el número de hijos por mujer en edad fértil se sitúa hoy en 1,2 y la tasa bruta de natalidad baja al 8,7 por mil) mientras que el número de matrimonios y de uniones se mantiene.

«Y el número de separaciones se va a incrementar. Si en 1995 de cada siete matrimonios uno acababa en separación, en 2007 uno de cada tres enlaces desemboca ya en divorcio. El ciclo actual -apunta César Manzanos- es soltería, matrimonio, separación… Y en los próximos 20 años asistiremos a un incremento en el número de hogares compuestos por personas casadas en segundas nupcias. Hoy, separarse está bien visto. Casarse de nuevo, todavía no», apunta el sociólogo.

El divorcio implica también una mayor diversificación familiar: se incrementan los hogares monoparentales (son mayoría las mujeres separadas con un hijo a su cargo ya que los jueces, en una medida muy discutida por organizaciones de separados, les otorgan de forma automática la custodia) y, apuntan los especialistas, proliferan también los núcleos unipersonales (solteros de edad de ambos sexos, jóvenes, ‘singles’…). «Es una consecuencia de la vivienda. Hoy vive menos gente en cada casa por lo que hay una gran demanda de nuevos hogares», explica el sociólogo de la UPV. Euskadi necesitaría construir 100.000 pisos en los próximos 10 años para atender a esta ingente demanda. La cosa está clara. Entre 1991 y 2005, el censo de la comunidad autónoma se incrementó en 20.000 personas. En ese mismo período se construyeron 190.000 nuevas viviendas, insuficientes para los nuevos peticionarios de hogar.

En 2007, apenas el 44% de los hogares están ocupados por el modelo tradicional (padres e hijos). Las parejas sin hijos son ya el 18% del total mientras que los hogares unipersonales son uno de cada cinco. Los hogares monoparentales ocupan 11 de cada 100 viviendas. Se estima que el País Vasco está conformado por unos 750.000 hogares o núcleos familiares.

Asímismo, los emigrantes (se estima que son ya un 5% de los 2,2 millones de los habitantes del País Vasco, es decir, unas 110.000 personas), constituyen otro colectivo demandante de vivienda. En el lado contrario (aunque compartan con los emigrantes elevadas tasas de natalidad) se encontrarían las familias numerosas: 19.976, según las estimaciones de Hirukide, la asociación que las agrupa. Constituyen el 5,75% del total.

«Institución valorada»

Estos nuevos espacios comportan, según María Silvestre, decana de la Facultad de Sociología de la Universidad de Deusto, «un cambio en las relaciones familiares. Pese a sus avatares recientes, la familia es la institución más valorada en nuestro país, por encima del trabajo, los amigos, el ocio…». Silvestre señala también que el nuevo papel asumido por las mujeres «modifica los actuales modelos familiares». La aceptación de su sexualidad, la libertad en el consumo de anticonceptivos, el acceso al mercado de trabajo, la legislación del aborto y del divorcio dibujan un panorama que favorece la «ruptura de las relaciones no satisfactorias», el avance en «la corresponsabilidad» en el hogar y el «cambio de las relaciones de pareja e hijos».

Desde Granada el especialista Diego Becerril observa este «efecto pendular» que convulsiona a los hogares españoles. De la familia tradicional, severa, católica y henchida de los valores patrios, se ha pasado en poco más de 30 años a modelos casi revolucionarios. «Hoy todo el mundo quiere ser familia», protesta el sociólogo granadino. «Hasta las parejas de hecho, herederos de los ‘sans papiers’ franceses, los sin papeles, se inscriben ahora en un registro», señala. «Otra gran cuestión a debatir es qué relaciones familiares se dan hoy en día, con los móviles e Internet, cuando no existen ni tiempos ni espacios en común, cuando las familias ni comen juntas… La comida, de ser un acto social primordial, ha pasado a ser una cuestión meramente nutritiva. Se han perdido los rituales», denuncia Becerril. En este sentido recapacita sobre el ingente número de hogares convertidos en familias de fin de semana. Y, a veces, ni eso: no hay más que ver los desfiles multitudinarios que se suceden en los centros comerciales, convertidos en parques temáticos para una tropa unida por el ‘megacarro’ de la compra.

Desde un punto de vista más científico, César Manzanos analiza esta emergencia y apunta que, ante la evidente «pérdida de centralidad familiar» y al difuminarse el concepto mismo de familia, la nueva «prioridad» de estos nuevos hogares es «el cuidado de los hijos». El panorama que asoma en el horizonte (una realidad ya en los países nórdicos) es el de un hogar en el que se forman parejas de forma cíclica y en el que conviven hijos de diferentes matrimonios. Incluso, y esto está sucediendo ya, puede acoger a hijos provenientes de anteriores uniones y sin lazos sanguíneos directos con los, llamémoslos así, ‘padres residentes’.

«En la familia ya no hay sitio para los prejuicios ni para las categorías», sostiene Nati de la Puerta. La familia se forma hoy al margen de cuántos o quiénes la compongan, del tipo de enlaces que se establezcan, de la raza, la orientación sexual, religiosa o moral de sus integrantes, de si se trata de hijos biológicos o de si han sido adoptados. Es la familia elástica.

j.mendez@diario-elcorreo.com

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Pais Vasco - Juan

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